YA NO SIENTO LO MISMO
¿SE NOS ROMPIÓ EL AMOR DE TANTO USARLO?

Con frecuencia escucho a personas que acuden a mi consulta manifestar literalmente “ya no siento lo mismo por mi pareja”, lo cual les plantea la duda de si deberían seguir con ella o, por el contrario, terminar esa relación.

Esta duda vital genera, en quien la experimenta, una enorme ansiedad ante la toma de una decisión donde se ven envueltos pensamientos y emociones dispares y cuya resolución final puede afectar a terceras personas, por ejemplo a los hij@as.

Como en cualquier otro aspecto de la vida, la información es poder. En este caso, poder tomar una decisión sabiendo que no hay nadie que sienta lo mismo por su pareja como cuando inició la relación. Hablamos de lo que se denomina el “mito de equivalencia”; es decir, la creencia de que amor y enamoramiento son lo mismo, de manera que cuando una persona deja de estar enamorada lo toma como prueba de que ya no ama a su compañer@.

Sin embargo, después de años de convivencia ya no experimentamos los nervios en el estómago ante un reeencuentro, ya no nos idealizamos, no nos mostramos hispersensibles a las necesidades del otr@, no nos brillan los ojos cada vez que hablamos de nuestra pareja.

La realidad es que el proceso de habituación, el ir descubriendo los trucos de magia que en su momento nos encandilaban, compartir los secretos más íntimos, lleva aparejado sí o sí que nuestros ojos ya no nos engañen sino que cumplan con su función: mostrarnos cómo es la persona que comparte nuestra vida.

Y resulta, muy a menudo, que esta persona es descrita por quien “ya no siente lo mismo” como una buena persona; un ser humano con cualidades que es capaz de describir, alguien con quien se comparte valores, que le sirve de apoyo en momentos difíciles,… Es decir, un compañer@ de viaje con virtudes reconocidas.

Pero la vida nos puede poner delante la que ilusamente puedo considerar “prueba irrefutable” de que no es mi mejor opción, de que puedo volver a sentir amor del de verdad: conocer a una persona por la que vuelvo a vibrar, para la que me preparo especialmente cuando voy a trabajar, gracias a la que vuelvo a tener ilusión, a sentirme atractiv@. Y entonces, más que nunca, me pregunto si estaré perdiendo el tiempo con quien comparto mi vida por muchas cualidades que tenga y que le reconozco.

Una posible respuesta la encontramos en la misma canción que da título a este artículo: “Jamás pensamos nunca en el invierno, pero el invierno llega aunque no quieras”. A lo que podemos añadir con certeza “Y si no es el invierno, llegará el otoño”. Es decir, también con esa persona que hoy me hace sentir aquello que tanto añoraba y que representa la primavera, atravesaré las diferentes estaciones del amor conforme compartamos tiempo, y previsiblemente algún día volveré a pensar que ya no siento lo mismo.

La reflexión final es que el amor se va transformando para llegar a lo que se denomina el amor-compañero, en el que la pasión deja un gran espacio a la intimidad y el compromiso propios de la madurez. La buena noticia es que se puede trabajar para recuperar la ilusión, ese ingrediente que se echa de menos y que nos facilitaría poder verbalizar las palabras “no siento lo mismo, pero esto que siento también es amor”.

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