IKEA: LA PRUEBA DE FUEGO PARA TU RELACIÓN DE PAREJA

Sábado, 4.30 de la tarde. Una pareja entra en Ikea cogida de la mano dispuesta a pasar un rato agradable. Tres horas después esa pareja sale con un carro hasta los topes y cara de pocos amigos. ¿Qué ha pasado?

Si iban con niñ@s y desafortunadamente la guardería estaba llena, empezamos a entenderlo. Si iban solos, Ikea también ofrece diferentes momentos para poder discutir.

Empezamos con el tamaño de los muebles. Son bonitos, sí, pero la cuestión es: ¿entran o no entran en nuestra habitación o salón? A pesar de los argumentos en principio objetivos, es decir, la pared mide 1,80 m., concluimos que la estética supera a la longitud por goleada y que efectivamente va a entrar, y anotamos la referencia con uno de esos lápices que ya forman parte de nuestra familia (veo a sus hermanos casi todos los días en casa).

Continuamos por la sección de cocinas y entonces nos acordamos que se nos ha olvidado mirar algo en la sección anterior. “Espera, que ahora vuelvo”. El problema es ¿qué significa “ahora”? Tras un rato esperando surge la duda: ¿qué hago? ¿vuelvo yo también atrás, o le mando un whatsapp? Venga, lo segundo… Vaya, no le llega. Empezamos a crisparnos. Si tiro yo para delante nos perdemos, seguiré aquí viendo cómo pasa gente……………………………………………………………………………………………………………………………….

Tras reencontrarnos, proponemos el momento sherpa; es decir, tú sígueme que yo te llevo por el atajo. Las flechas están puestas para los que no tienen sentido de la orientación. Problema: hoy al sherpa se le ha olvidado la brújula y estamos dando cinco vueltas por el laberinto. Me voy calentando.

Por fin llegamos al sótano. ¡Cuántas velas y pequeños objetos decorativos! “Si tenemos mil”, resuena por ahí. “¿Quieres convertir nuestra casa en un spa o una tienda Nature?” Pues va a ser que sí.

Ahora vamos a encontrar los muebles en el almacén. “Que es por aquí”, “que no, que es por este pasillo”. Conseguido: encontrado y…¡pedazo caja!!! “Esto no entra en el coche”. “Que sí, que echamos para adelante los asientos y ya está.” “Pues yo creo que aun así no entra.” “¡Si sabré yo la longitud del coche! Te digo que echo mi asiento un poco para adelante y ya está.”

Penúltima prueba: comprobación de la hipótesis de que mi utilitario tiene en realidad el tamaño de un minibús. “¡Ya te decía yo que no iba a entrar!” “Pues por mis santos… que sí entra.” Ah, y también hay que meter la planta de 1,5 m. de altura que va a quedar fenomenal en el salón. Y sin aplastarla, please.

Ahora llega la prueba definitiva: montar el mueble. Tenemos dos opciones: lo hace uno solo y el otro miembro de la pareja dirige el momento puzzle con comentarios del tipo: ”¡Pues sí que tardas! ¡Ni que hubiera que ser ingeniero para montar una mesa!”. Opción dos: el trabajo en equipo: “Que esto va aquí”. “Que no, que es en este lado”. Y una pregunta: ¿por qué siempre vienen tornillos de más?

Si esto acaba aquí, no tiene mayor trascendencia que lo que supone vivir unos momentos de cierta tensión en la relación de pareja. El problema serio surge cuando esta parodia de Ikea se generaliza al día a día, con el consiguiente sufrimiento para l@s protagonistas. En este sentido, podemos recordar las palabras de la Madre Teresa de Calcuta: “Para que una lámpara esté siempre encendida no debemos dejar de ponerle siempre aceite”.

Y tú, ¿le pones aceite de calidad a la lámpara de tu relación, o estás dejando que se apague?

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